LA GUERRA Y LOS TRAZOS DEL ALMA German Rey

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No he vivido en un país que conozca la paz. Desde que recuerdo, en los tiempos de mi infancia transcurridos en una pequeña ciudad de provincia, llegaban los mensajes de una guerra que se vivía paradójicamente, en lugares familiares pero desconocidos, cercanos pero alejados. Esa es una de las características del conflicto colombiano: a veces percibimos que sucede muy lejos, en tierras que pertenecen a nuestra épica familiar y a nuestras perplejas identidades nacionales, sometidas a una geografía agreste y difícil de ríos tormentosos, cañones impenetrables y montañas gigantescas en los que es casi imposible orientarse y muy fácil perderse. Muchas de las narraciones literarias o corrientes tienen el doble signo de la proximidad y lo lejano. Uno de los grandes poetas colombianos, Aurelio Arturo describió su país imaginario escribiendo “eran las hojas y las murmurantes lejanías, las hojas y las lejanías llenas de hablas”, desde su pequeña oficina de burócrata del Estado. 

 

Los Emberá Chamí, fueron desplazados por la violencia del resguardo de Honduras, Cauca, en el año 2007.

 

Los colombianos tenemos nuestra propia bitácora de claves para tratar de entender el país en que vivimos: hay una geografía cercana que dominamos y un extenso país que desconocemos. Un célebre historiador colombiano, Jaime Jaramillo Uribe decía que Colombia mira hasta sus montañas y es un país mediterráneo. Pero más allá de esas montañas hay unas tierras desconocidas cuya existencia aprendimos en algunas de las grandes obras de la literatura nacional, como La Vorágine”, “Cuatro años a bordo de mí mismo” o Cien años de soledad”; de ellas provenían los habitantes que  atravesaban las montañas y llegaban a las ciudades en las oleadas migratorias del campo a la ciudad, uno de los procesos que se vivieron más intensamente en el siglo pasado. Sus modos de ser y sus culturas llegaron de la mano de las mujeres del servicio doméstico, de sus músicas y sus gastronomías, de los obreros rasos que trabajaban en la construcción y después, como en una avalancha incontenible, de los desplazados de la guerra que se fueron asentando en los cinturones empobrecidos de las periferias de nuestras ciudades. Ellos poblaron progresivamente la ciudad del asfalto, muchas veces por la expulsión violenta de sus tierras feraces. Cada vez más nos fuimos encontrando con sus vidas, transcurridas en la informalidad, los pequeños oficios y las formas variadas de la exclusión.

 

Vida cotidiana en el Bajo Caguán. El control estratégico del río Caguán por parte de los actores armados que operan en la región es clave para contar con el respaldo consentido o forzado de la población civil. 

 

Lo que parecía un país idílico se rompió en pedazos con el asesinato de Gaitán, las luchas entre liberales y conservadores, las incontables guerras civiles que no cedían sino que por el contrario se incrementaban, el largo período que recibió el nombre literal de “La Violencia”, el ingreso en una modernidad llena de discriminaciones, intolerancia y desigualdades y la irrupción del volcán del narcotráfico que se filtró por muchos de los intersticios de la vida social con su poder de corrupción y de muerte. Las insurgencias aparecieron hacia mediados del siglo XX unidas a las utopías de la mitad del siglo, pero se fundieron rápidamente en tropeles delictivos y en eslabones de organizaciones criminales que estimulaban negocios con sello global.

 

Lo que parecía un país idílico se rompió en pedazos con el asesinato de Gaitán

 

Y el país se vio afligido no por una sino por varias guerras. Por una parte los narcos y los paramilitares, por otra las guerrillas y las bandas delincuenciales, y en muchos casos unos actores violentos que eran el producto de alianzas tenebrosas, algunas de ellas comandadas por agentes del propio estado, políticos corruptos y miembros de las fuerzas militares. En este magma de agresión se caldeó un conflicto que dejó una estela terrible de muertes (más de 200.000 como corrobora el Informe Basta Ya”, del Centro Nacional de Memoria Histórica), de desplazados internos de la guerra -posiblemente uno de las diásporas internas más grandes del mundo durante el siglo XX- que alcanzó la cifra pavorosa de ocho millones de personas y más de 60.000 desaparecidos, un número que sobrepasa lo sucedido en las dictaduras que sufrió el continente en décadas pasadas.

 

El conflicto civil colombiano, como apunta el CNMH,  lleva un balance aproximado de 220.000 muertos, 60.000 desaparecidos y más de 6.000.000 de desplazados internos.

 

Es muy improbable que haya un solo colombiano que haya podido vivir al margen de tal desastre, porque él se filtraba a través de las noticias en la vida diaria. Pero el efecto mediático no reemplazaba las historias personales y familiares que atravesaban las puertas de las casas, ni los relatos que no dejaron de habitar las conversaciones diarias de los colombianos y las colombianas.

La memoria del conflicto colombiano es más un conjunto de resonancias interiores que un relato consistente y unificado. Historiadores como el francés Daniel Pecaut han insistido en la ausencia de un relato que cohesione las numerosas fibras de esta confrontación heterogénea. Nuestro Macondo está hecho de estas resonancias de lugares que no conocemos, de personajes que apenas sobresalen de un anonimato injusto, de sitios que se nos convierten en familiares por la repetición de su nombre. Por ello Gabo define a Macondo, no como un lugar sino como un estado de ánimo: “Por fortuna Macondo no es un lugar sino un estado de ánimo que le permite a uno ver lo que quiere ver, y verlo como quiere”.

Durante años he seguido esta guerra desde una escena, posiblemente restringida: los medios y el periodismo, que me han permitido ver la soledad de los periodistas en medio del conflicto, las arremetidas de los guerreros contra los indefensos, la puesta en marcha de sus estrategias para imponer el miedo y el silencio. Y en mi memoria se han ido asentando estas figuras, particulares y profundas, como ha sucedido a su manera, en la de los colombianos y colombianas de mi generación. Toda guerra es desalmada. Pero es en lo profundo de nuestras memorias donde residen trazos del alma.