UNA MOYA DE ARCILLA Jovanny Alberto Salazar Palacio

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Mi vida ha sido el crecimiento de una moya de barro. Me ha tocado arcilla pura, con grumos, con tierra, con el olor fresco de la montaña y la selva. La misma arcilla que seca cruje con los pasos firmes y húmeda ahuyenta al caminante para que se refugie en los bosques primitivos. 

Fui hecho por muchas manos, por manos negras, gruesas, labradoras del rio y la selva, manos chocoanas de mujeres, hombres, niños y ancianos. Éstas manos asentaron lo que soy, lo que conocí juvenilmente a mis 20 años en el Atrato, aquella tierra de contrastes. Todo era selva, de esa húmeda y pura, con la diversidad más indescriptible y hermosa, la misma que era pisada constantemente por la confrontación armada de unos con otros. La violencia, siempre incesante acabó con muchas sonrisas, con muchas manos, con familias, mujeres, hijos, desquebrajando cruelmente la vida en medio de la creación más diversa. 

 

 

Colombia es el segundo país del mundo con más desplazados internos: 6,5 millones. Sin embargo, las víctimas sufren la total impunidad que salvaguarda a los responsables de este drama. Las investigaciones y sentencias contra sus responsable son muy pocas frente a las dimensiones de la tragedia.

 

Mis ojos conocieron la crueldad del conflicto que quebró inevitablemente la geografía de Colombia. Durante estos últimos 28 años he conocido pedazos rotos que me ayudaron a mi construcción personal, porque en cada sitio me he encontrado con hombres y mujeres que me han permitido crecer y con suavidad y calidez han moldeado mi barro en el camino. Así llegué al Chocó, tierra de dignidad y bajando por sus ríos llegué a Nariño, territorio de esperanza. Entre los múltiples tapices de colores que forman las montañas nariñenses conocí el anhelo de la paz, entre mujeres y niños, ancianos y hombres, que atajaban el dolor del conflicto por medio de su calidez y sencillez, me mostraron siempre una sonrisa con el sentimiento esperanzador de continuar cada día. 

 

Entre los múltiples tapices de colores que forman las montañas nariñenses conocí el anhelo de la paz

Y entre la dignidad y la esperanza, llegó a mí la vida cálida del mar caribe. Ya el barro no pertenecía solo al Pacífico selvático, sino también al que se cuece con sal y viento. Aquel territorio de vida, me mostró la condensación de una historia en los rostros de los niños que eran ahora padres y madres, los mismos que en su diario vivir solo luchaban por dignificar la vida, por comprometerse con ella al ser lo único realmente propio, sin importar que al defenderla se ponga en juego la vida misma. 

 

Una familia desplazada de indígenas Embera por culpa del los combates en la región de Rio Sucio entre el bloque Elmer Cardenas de las AUC y la guerrilla de las FARC-EP se refugia en Boca de Opogado. 

Divagué entre brisas y vientos, llegando al Huila, tierra de resistencia. Allí me di cuenta que el colombiano tiene particularmente una percepción de cómo luchar por su vida y la de su familia, y conocí entre las mujeres Huilenses la principal fuerza para resistir: sus hijos. Pues en ellas permanecía constante el fervor de un lugar mejor para sus hijos y nietos, añoraban un campo silencioso y tranquilo, el cual buscaban conseguir resistiendo firme frente al ruido ostentoso que opacaba la vida y hacía frias las noches. 

Gracias a ellos, llegué a Caquetá, territorio de provisiones y vida, donde se ha construido un proyecto que vivifíca a hombres y a mujeres en torno a la solidaridad, la unidad y el hacer comunidad. Siendo así, como miro hoy estos 47 años de vida donde reconozco que ésta se ha alimentado de la sonrisa de un niño, de la tristeza de una mujer, del dolor de un anciano, pero sobretodo, de la dignidad, de la esperanza, de la firmeza y la utopía, que han tenido todas estas manos que me han marcado hasta hoy y que han hecho de mi camino, una moya de arcilla chocoana, nariñense, caribeña, huilense y amazónica.